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Políticos inmaduros y consecuencias indeseables, pero democráticas
El Congreso de los Diputados convalida hoy la nueva manera de elegir Presidente de la Corporación RTVE, un cambio que supondrá la sustitución del sistema de consenso entre los partidos políticos que se venía utilizando en los últimos años y pasará a ser una votación por mayoría absoluta, un hecho que ha revolucionado a muchos y que, en mi opinión, seguramente muy poco compartida, no es tan terrible como se ha comentado. Me explico:
Desde que el nuevo gobierno tomara posesión y se hiciera necesario sustituir al actual presidente de RTVE, los dos partidos políticos con mayor representación parlamentaria, PSOE y PP, han sido incapaces de consensuar un nombre para dirigir la radio y televisión pública, una incapacidad que ha llevado a la parálisis del canal y de muchas de las empresas que trabajan para ellos, que no pueden tomar decisiones respecto a proyectos firmados con la cadena por no tener interlocutores válidos, viendo así como estos proyectos se pudren en un cajón y como sus contratos son papel mojado. Esta situación es insostenible y en ella tienen tanta culpa los unos como los otros (me refiero a los políticos, por supuesto).
¿Qué se hace cuando los partidos no son capaces de resolver sus diferencias y ponerse de acuerdo para avanzar en los necesarios proyectos o renovaciones de mecanismos? En mi opinión, cualquier cosa menos eternizarse buscando una solución mientras todo lo demás se resquebraja y elegir por mayoría absoluta un presidente es, en mi opinión, una cuestión tan democrática como tener un Presidente del Gobierno elegido por el mismo sistema. Si el procedimiento vale para elegir al principal gobernante del país ¿por qué no ha de valer para elegir al gobernante de una empresa pública? Sinceramente, hay algo en todo este revuelo que se me escapa. Hoy la decisión por mayoría absoluta estará solo en manos del PP, pero en otro momento en que el gobierno sea de coalición, no será así, pues seguirá necesitándose la mayoría absoluta para elegir Presidente.
Evidentemente, los consensos son la mejor manera de avanzar en cualquier faceta de la vida, especialmente cuando las decisiones que han de tomarse son complicadas y se impone la unión por una causa común que evite mayores fracturas en la organización que debe sufrirlas. Que no se logre llegar a un acuerdo mientras se ve el desmoronamiento evidente de aquello que se quiere gobernar, muestra una tremenda falta de madurez por parte de todos los implicados, por eso en las organizaciones hay un mecanismo de desbloqueo de este tipo de situaciones, bien sea un voto de calidad o la capacidad de cambiar el reglamento, en este caso, desde el poder que otorga al gobierno haber sido elegido por una mayoría de los ciudadanos votantes (lo más parecido al share que permite que un programa se mantenga en antena o sea cancelado).
Veremos qué Presidente termina por deparar esta nueva vieja fórmula de elección; el último nombre que se ha rumoreado ha sido el de Manuel Campo Vidal, eterno moderador de los debates electorales que, precisamente por su aceptación como elemento neutral en estos encuentros, debería ser un buen candidato a Presidente de consenso. No sé por qué finalmente no ha prosperado esta designación, ni si realmente ha existido la propuesta o el propio candidato la ha recibido con alguna intención de aceptarla, pero hubiera sido todo un gesto de madurez haber logrado, aunque fuera en el tiempo de descuento, que la elección quedara decidida por acuerdo entre las partes. No ha podido ser.
Pagado, la palabra que no debes pasar por alto en esta iniciativa
Pablo Herreros vuelve a remover las conciencias de los ciudadanos con su campaña No más crimen pagado en TV, una iniciativa que a través de Change.org (antes Actuable) pide a las cadenas de televisión que se comprometan a no pagar a criminales por contar sus fechorías en los distintos programas de actualidad presentes en sus parrillas. Muchos no lo entenderán así, pero esta campaña no va contra un determinado canal de televisión, aunque la relevancia de su impulsor haya venido dada por una propuesta concreta contra un canal, sino que es una campaña a favor de una manera diferente de hacer las cosas. Ni siquiera va contra un determinado tipo de entrevistas, que pueden repugnar a algunos e incluso ser moralmente despreciadas por otros, no, solo va contra la manera en la que esas entrevistas se consiguen: pagando al criminal.
Personalmente, soy defensora a ultranza de que las televisiones hagan lo que les de la gana siempre y cuando no sea ilegal y, si bien es cierto que pagar a un criminal por contar su historia en televisión no es un delito, me parece un acto terrible de insolidaridad con las víctimas por parte de la cadena que lo entrevista y de cara dura por parte del propio criminal. Realmente, me parecería igual de despreciable que lo hiciera sin cobrar, como me parece que lo hagan otros tantos delincuentes que campan a sus anchas por las televisiones pero, si al menos podemos evitar que saquen un beneficio de ello en aras de preservar la libertad de expresión, bienvenido sea. No es algo ilegal, no creo que debamos criminalizar a las televisiones por ello, pero sí estoy más cómoda en una sociedad en la que esto no ocurre, aunque sea legal.
La iniciativa de Pablo hace referencia al mundo del periodismo, pero se centra únicamente en la televisión, como bien explica él mismo, para acotar el terreno de lo que quiere cambiar y sumar así mayor número de adeptos, evitando que muchos dejen de sumarse por no estar de acuerdo con todas las premisas planteadas. En este sentido, el apartado preguntas frecuentes de su iniciativa hace referencia precisamente a una de las generalidades que yo más echo en falta, que he comentado directamente con él en varias ocasiones y que aquí debo hacer constar de nuevo: creo que la petición pone el foco sobre un medio, cuando el problema es de la profesión y de la sociedad en general. Creo que se señala injustamente a la televisión como un ejemplo de mal gusto, de malas prácticas, de poca ética, cuando estoy convencida de que desde otros medios se hace lo mismo o incluso peor, amparándose en una cierta superioridad moral de la prensa escrita, por ejemplo, frente a la televisiva.
Me parece bien que se pida a las televisiones que se sumen a un compromiso común a favor de un comportamiento más humano, más cercano y solidario con las víctimas, pero ha de ser un compromiso voluntario. Efectivamente, la autorregulación ha fracasado en muchas ocasiones, podemos verlo casi todos los días, pero eso no debe servir, desde mi punto de vista, para legislar y restringir una determinada práctica solo en los medios televisivos. Si las televisiones no saben hacerlo, habrá que mostrar nuestro rechazo apagando el televisor, invocando a la responsabilidad de los anunciantes o como buenamente podamos, en este sentido, totalmente a favor, pero nunca en detrimento exclusivo del audiovisual. El medio no es el problema, son sus profesionales, que en no pocas ocasiones compaginan sus tareas en prensa, radio y televisión, es la educación de los espectadores y la ausencia de responsabilidad por parte de quienes financian toda la fiesta. Aquí nadie se salva, todos somos responsables y todos podemos dar los pasos necesarios para cambiarlo, mostrar nuestro más absoluto rechazo es el primer paso, pero sin demonizar a la televisión, cuyo principal pecado es haber conseguido conquistar al ciudadano de una forma más masiva y menos reflexiva que otros medios.
Por último, como digo en el título de esta entrada, no olvidemos lo principal de la iniciativa, que solo se busca evitar el pago por hablar de los delitos, nunca coartar la libertad de expresión de nadie, un derecho que no debería depender del tamaño del cheque que nos pongan delante.
Adiós Mujeres Desesperadas
Ya os he comentado muchas veces cuanto me apena esta época del año seriéfila en que las temporadas van terminando y una no sabe si seguir viendo los episodios a ritmo americano o dejarlos guardaditos para que no se le acaben. Este año la cosa es aún más triste, pues dos de las series que de algún modo nacieron con el blog, House y Mujeres Desesperadas, terminan para siempre, algo que ya estaban necesitando, pero que dan por cerrada una época de mi vida bloguera que siempre recordaré con nostalgia.
La primera de ellas, Mujeres Desesperadas, cerraba el domingo sus ocho años de andadura costumbrista en la cadena ABC y en el corazón de muchos de nosotros, que hemos disfrutado de la vida de un barrio acomodado norteamericano, de esos de casas prefabricadas pintadas de alegres colores, con impresionantes glicinias que casi transmitían su olor a través de la pantalla y con infinidad de secretos, misterios y no pocos crímenes violentos que nunca hubiéramos imaginado posibles en un tranquilo rincón de una desconocida localidad americana. Si en algún momento nos hubieran contado las historias truculentas que planeaban escenificar en estas ocho temporadas, estoy segura de que hubieran sido muy pocos los convencidos del éxito de la serie, con esa mezcla imposible de costumbrismo y exageración, de normalidad y cúmulo inverosímil de desgracias. Sin embargo, ahí estuvo, fuerte durante años y fiel a sí misma hasta el final.
Las mujeres de Wisteria Lane han logrado además ser iconos televisivos en un tiempo en el que los papeles femeninos han brillado cada vez más, en una de las mejores épocas para ser actriz de televisión, con numerosos papeles fuertes, lucidos, brillantes, sólidos. En este caso además, la coralidad ha sido tan equilibrada, que era difícil nominar a una sola cuando tocaba elegir candidatas y todos hemos sido conscientes de la importancia del conjunto a la hora de resaltar una sola de las interpretaciones.
Pese a todo, yo me quedo con dos de ellas: Lynette y Gabrielle, en mi opinión, las más humanas y completas, las más reales, con sus contradicciones y sus miedos. Puede que muchos solo recuerden a Gabrielle como la ex-modelo pija que solo piensa en sus modelitos y en el dinero pero, para mí, quedarán en el recuerdo estas dos escenas dramáticas que lograron traspasar la frialdad aparente de Mrs.Solís
Sobre Lynette, me quedo con esta otra escena, en uno de los mejores episodios de toda la serie, si no el mejor.
Maravillosas escenas para el recuerdo que al buscar para ilustrar el post, revelan otra tantas secuencias maravillosas, llenas de dramatismo y de ternura, como el plantón a Susan o los momentos previos a la operación de Carlos que le devolvería la visión. Porque Mujeres Desesperadas siempre compitió en las categorías de comedia pero, para mí, nunca dejó de ser un drama maravilloso.
Cuando los comentaristas deportivos no saben callar
¿Qué pasa con los comentaristas televisivos que tienen tanto miedo a dejar la pantalla sin la compañía de su voz? A veces me pregunto ¿les pagarán por palabra? ¿Tendrán la sensación de no estar haciendo bien su trabajo si de pronto callan y dejan que la imagen y los sonidos propios del evento llenen la retransmisión? Salvo los comentaristas de los partidos de tenis, llevados evidentemente por el propio silencio de la pista y las gradas, pocos son los que se atreven a dejarnos sin sus aportaciones, en una especie de ‘horror vacui’ televisivo que se deberían hacer mirar.
Ayer tuvimos otra de estas aportaciones excesivas de los comentaristas, que parecían no tener freno. Tras el final del partido de liga que enfrentaba a Real Madrid y Mallorca, el club tenía organizado un evento festivo en el que se hacía entrega de la copa de esta liga que acababan de ganar. Entre el pitido final del árbitro y el inicio del festejo, las luces del Bernabeu se apagaron y una multitud de colaboradores llenó el césped de elementos decorativos y otros complementos necesarios para el desarrollo del evento, momento que narrador y comentaristas llenaron certeramente con sus palabras, adelantando algo de lo que posteriormente se vería y analizando de qué manera el equipo había llegado allí. Lo habitual en estos casos, no tan sencillo como pueda parecer cuando ya queda poco que aportar y la preparación del acto se alarga hasta la media hora, pero correcto y apropiado.
El problema empieza cuando la celebración se pone en marcha y ellos, que han cogido carrerilla, ya no son capaces de callar y siguen hablando y hablando para no decir nada, rememorando anécdotas que no aportan entretenimiento ni información y que, sin embargo, no permiten escuchar al ‘speaker’ del club que, uno a uno, va nombrando a los jugadores y miembros del equipo técnico, que son coreados por la afición en un espectáculo muy poco televisivo pero lleno de ilusión para quienes siguen al Real Madrid y disfrutan de sus victorias, es decir, para cualquiera que en ese momento aún siga conectado al plomazo que está ofreciendo la tele. Ese es el momento de callarse. De la misma manera que una retransmisión de un partido ha de hacerse en modo informativo, contando con que al otro lado de la pantalla puede haber espectadores de cualquier equipo interesados en el puro deporte y no necesariamente en uno de los equipos o jugadores participantes, es evidente que estas otras conexiones en directo, largas, tediosas, aburridas y arrítmicas, solo pueden aguantarse si lo que quieres es ver aquello que está ocurriendo en el campo, pues no hay apenas nada que narrar y poca información que aportar, luego lo mejor es callarse porque el resto es molestia.
Y si esto no es posible por considerarse poco televisivo, teniendo en cuenta que hoy en día, tenemos todo tipo de facilidades técnicas ¿tan difícil es tener al menos un canal de audio sin comentarios? Del mismo modo que en los partidos que ofrecen los canales autonómicos hay varias bandas en los distintos idiomas o incluso la opción de escuchar la radio cuando ves un partido en Digital Plus ¿qué cuesta dejar el sonido ambiente en uno de estos canales y permitir que el espectador se cree su propia experiencia televisiva?
Y no es solo en el fútbol, estoy segura de que no son pocos los que agradecerían algo así en la Fórmula 1, donde Antonio Lobato tiene tantos seguidores como detractores de su fanatismo y comentarios entusiastas. En este caso, yo soy de las que disfruta con sus aportaciones, pues no sé nada del deporte y solo me preocupa ver ganar a los nuestros o que los más inmediatos rivales tengan un mal día, pero entiendo que haya quién se sienta molesto con una locución hecha para el gran público que no tiene ni idea. Con todos los elementos a nuestro alcance que la doble pantalla proporciona para disfrutar de una carrera plenamente informados, estoy segura de que más de uno estaría feliz de quitarle la voz al calvo Telecinco, perdón La Sexta, ah, no que ahora es Antena 3, bueno a ese… que algo bueno hará que lo quieren en todas partes.
Por favor, canales de televisión: si sus comentaristas no saben cuando callarse a tiempo, dejennos al menos un canal karaoke para poder montarnos la fiesta en casa.
Cougar Town podría cambiar de cadena y aquí seguimos esperando a TVE
Las noticias de series americanas cambiando de una cadena a otra demuestran, una vez más, la ventaja en madurez que nos llevan los americanos en esto de la ficción televisiva, la industria del entretenimiento y hasta me atrevería a decir que la escucha activa a los espectadores. Para muchos de ellos, es más que evidente que algunos productos audiovisuales no están hechos para un público masivo, pero tienen una importante masa de seguidores que irían a cualquier sitio con tal de seguir disfrutando de sus personajes y sus historias, independientemente de como se llame el canal que los albergue y así ha ocurrido en algunas ocasiones recientes. Aunque estos cambios de casa no siempre hayan sido un gran éxito, los canales lo siguen intentando y los rumores de cambios de ubicación de algunas series se suceden con más frecuencia que nunca, alimentando el interés de espectadores y cadenas.
El último ejemplo de esta posible supervivencia de una serie gracias a un cambio de canal lo vemos con Cougar Town, una comedia que nunca ha tenido muy claro dónde quería ir, que ha sufrido bandazos de todo tipo y que, con todo su surrealismo y sus litros de vino en el gaznate, ha logrado una buena masa de fans que empujan a TBS a repescarla, ahora que todo apunta a su cancelación en ABC. ¿Por qué deberían dar este paso? En The Week lo explican muy clarito:
Tiene una base de fans apasionados: comparan la fidelidad de los espectadores de Cougar Town a la de los seguidores de Scrubs, capaces de seguir a un tipo vestido con el mismo gorro durante nueve temporadas a pesar del maltrato en la parrilla y posterior cambio de cadena. Es evidente que toda serie tiene su público, pero algunos productos destacan por una fidelidad y conexión con el espectador que va más allá del mero entretenimiento, parece que con esta serie también pasa.
Tiene un reparto igualmente apasionado y comprometido con el proyecto: desde su protagonista y productora Courtney Cox, hasta la reivindicativa Busy Phillips, parece que el elenco de la serie disfruta trabajando en este proyecto y no están dispuesto a ser un elemento de ruptura en sus planes de continuidad. Incluso cuando la cadena ABC mostró una absoluta falta de interés a la hora de promocionar la serie el año pasado, fueron los propios miembros del equipo los que se lanzaron al marketing de guerrilla para hacerse notar, haciendo incluso proyecciones de la serie (¿A alguien le suena conocido este detalle? Vino, autopromoción, preestreno al margen de la cadena…)
La cadena TBS necesita una estrella que la ponga en el mapa: es evidente que algunos de los canales “menores” de la parrilla norteamericana no pueden competir con sus hermanos mayores a la hora de contratar grandes estrellas y sonados proyectos, pero siempre es bueno estar atento a este tipo de jugadas, que pueden reportar grandes beneficios en términos de audiencia y, sobre todo, de marketing y reconocimiento de marca. Casi como si de un equipo de fútbol recién descendido a segunda división se tratara, es hora de echar un vistazo a aquellos jugadores de primera que deben elegir entre seguir en el candelero o desaparecer.
Las audiencias de Cougar Town son insuficientes para un canal en abierto, pero están dentro del rango de éxito de los canales de cable: este argumento es algo tramposo, pues habría que ver si al pasar la serie a un canal de pago, la audiencia se traslada al completo, algo bastante improbable. En cualquier caso, lo que es un hecho es que su rendimiento en ABC es insuficiente y su futuro allí está escrito. Frente a ello, algunos casos que nos vienen rápidamente a la memoria de series españolas, ni siquiera se trata de un problema de audiencia, con series que no parecen tener futuro en sus cadenas (más concretamente en TVE), mientras cosechan datos de escándalo algunas y más que satisfactorios otras.
Por último, la repesca de Cougar Town por dos temporadas de 15 episodios cada una, le proporcionaría a la serie un número suficiente de entregas como para poder ser sindicada, un argumento de inversión más que rentable para un mercado en el que el dinero se mueve en gran medida gracias a este sistema de compra-venta de producciones. Esta peculiaridad no podemos trasladarla al mercado español, pero seguro que se nos ocurre más de un motivo para que Cuéntame, Águila Roja o Gran Reserva no caigan en el olvido por culpa de una mala gestión o una ausencia de gestor.
Hospital Central, el triunfo de la constancia
Hoy vuelve Hospital Central a Telecinco, bueno, en realidad vuelve la semana que viene, pero hoy Telecinco emite los dos últimos episodios de la pasada temporada para refrescarnos la memoria y, de paso, rellenar la parrilla del miércoles después del fútbol. Si por azar del destino la final se va a prórroga y penalties, me temo que no va a ver la repesca de episodios ni el tato, pero eso es un riesgo asumible siendo, como decimos, una excusa para ponernos al día antes del estreno de la nueva temporada.
Creo que ya lo hemos comentado por aquí en alguna otra ocasión, pero no está de más recordarlo ahora que el tema de la ficción nacional anda un poco revuelto: la audiencia es muy fiel y no es buena cosa maltratarla porque acabamos perdiéndola y Hospital Central así lo ha demostrado. Constante en sus audiencias durante años, las idas y venidas a las que fue sometida la serie durante un tiempo en un momento crítico en el que más de una decena de temporadas había hecho inevitable mella en algunos de los espectadores, hicieron que parte de la audiencia buscara un entretenimiento más fiable y todo apuntaba a una cancelación inevitable.
Sin embargo, las necesidades de programación y el hecho de tener en el cajón episodios aún sin estrenar hizo que un buen día Telecinco sacara a pasear nuevas entregas de Hospital Central y que las mantuviera en emisión de forma razonable durante unas pocas semanas, que fueron suficientes para recuperar la audiencia perdida, retomar la senda de la estabilidad y reconocer que, no siendo la estrella de la semana, la serie podía aportar al resultado general una garantía que ningún otro programa ofrecía, mucho menos el banco de pruebas en el que podría convertirse de emitir otras cosas.
Y así es como Hospital Central se ganó su sitio, a base de trabajar como una hormiguita, de ser paciente, de ser tal cual lo que se espera de ella y, por supuesto, de estar donde siempre se espera cuando se busca. Yo soy de las que se dio de baja cuando empezaron los cambios, pero no descarto recuperarla ahora que vuelve, esperemos que con el mismo mimo que antes de marchar.
¿Conoces España? Un concurso que no pasará a la historia
¿Qué tienen los concursos que siempre parecen programas antiguos? Me da lo mismo que sea lo nuevo de Ramón García, la repesca de El millonario en La Sexta (por cierto, ya cancelado) o el modernísimo El Cubo en Cuatro, yo veo un concurso en televisión y me suena a entretenimiento clásico, con todas las connotaciones viejunas que el término clásico lleva consigo. Y por supuesto, ¿Conoces España? no ha sido una excepción.
Ya desde su concepción, la cosa olía a naftalina, algo que el grafismo no logró apartar de mi mente y que, una vez visto el plató y la puesta en escena, me reafirma aún más. La sensación general era de concurso baratillo de televisión autonómica, con todos los respetos a los profesionales de estas televisiones que deben hacer encaje de bolillos con lo que tienen o incluso de concurso para colegios, de aquellos que había hace décadas y que buscaban animar a los pequeños al estudio, fomentar la cultura general y hacer estrellas de algunos marisabidillos televisivos. Que el presentador sea la voz en off y se presente a sí mismo es síntoma inequívoco del tipo de programa low cost al que nos enfrentamos, hasta él mismo se ríe del asunto en su primera línea de guión frente a cámara.
Ojo, que el programa es correctísimo, técnicamente impecable y Ramón García uno de los presentadores más majetes de la tele, simplemente el formato no es lo que alguien como yo espera ver, o mejor diría, busca ver, cuando pone la tele. Cuestión de gustos, pero nada reprochable.
Otra cosa que hace de este concurso un ejemplo de televisión pasada de moda: algo tan sencillo como el premio por acertar. Que vayan sumando puntos es algo que ya no se lleva en la tele, donde los euros son la moneda de cambio para atrapar a concursantes y audiencia. Esos fajos de dinero que se van sumando e incluso la vuelta de tuerca de partir con una buena cantidad que va restando es síntoma de modernidad desde que el Un, Dos, Tres pusiera a sus azafatas a multiplicar.
Las preguntas de este concurso, destinado a dar a conocer España, no sabría como definirlas de simplonas que son, otro elemento más para hacer de este un concurso de aspecto antiguo, más propio de una época en la que la gente tenía muchas menos facilidades para acceder a la información, la cultura, los viajes, pero hoy en día, yo le pido a la televisión de cultura general que me de otra cosa, otro nivel de profundidad, unos concursantes que brillen como los de Pasapalabra, unas preguntas que pongan a prueba la capacidad de razonar del concursante, algo que me inquiete como espectadora, que me ilustre aunque solo sea por un instante. No es el caso de ¿Conoces España? donde saber la letra del Chiki-Chiki o la ciudad natal de Penélope Cruz da puntos, pero escriben mal el apellido de Vicente Aleixandre.
Al final, los puntos se transforman en segundos y la concursante finalista se lleva a casa 3,500 euros del ala, que no está nada mal para el poco esfuerzo que ha hecho y a otra cosa mariposa.
Finales y renovaciones
90210: Me entero esta misma mañana de que la han renovado y no puedo evitar pensar ¿por qué? ¿por qué? no puede ser tanta desgracia. Es una de las peores series que veo, de hecho casi ni la veo, es la típica que pongo de acompañamiento cuando quiero que la tele me haga compañía pero no tengo tiempo de prestarle mucha atención. Aún así, los personajes son insoportables y no porque sean niños de papá, sino porque son idiotas, cada uno a su manera. Empecé a verla por rememorar la original y ya seguí con ella por costumbre. Sin embargo, una nueva temporada va a ser que no. Muy interesante tendría que ser el ‘cliffhanger’ final de temporada para que siguiera con ella, porque no da ni para placer culpable.
The Good Wife: repelús me da ponerla siquiera en el mismo post que 90210, pero las cosas a veces surgen así. Es, con mucho, mi serie favorita de todas las que veo, que no son pocas y es además una serie BUENA, con todas las mayúsculas que se puedan poner. Este final de temporada no ha sido tan brillante como otros, ni quiera tan tenso como algunos de los finales de episodio recientes, pero sigue siendo fabulosa. Y no soy yo sola quién lo dice.
Smash: no se ha terminado todavía y no ha sido la serie que todos pensábamos cuando arrancó con su brillante piloto. Sin embargo, a mí me sigue pareciendo estupenda y el avance del doble episodio con que cerrarán la temporada aventura una gran despedida.
Fringe: aún no lo había comentado aquí, pero la renovación de Fringe ha sido una de las mejores noticias del mes, pese a que el anuncio venía acompañado de un cierre de serie con fecha definitiva. Pese a que esto podría parecer triste, no lo es, pues garantiza un final cerrado, perfectamente preparado y, a la vista de lo que ha ido ocurriendo en estos últimos episodios, sabemos que se puede hacer y puede hacerse muy bien. Hay que felicitar a Fox por su obra de caridad, como dice Marina y por su valentía con esta serie, que nunca ha dado grandes audiencias, pero que ha enamorado a mucha gente pese al dificultoso terreno en el que se movía.
Y en España, una de chulitos: dice Mediaset que no ven nada en TVE que merezca la pena comprar para sus canales. ¿Ni siquiera Águila Roja?
Para rematar, un apunte final de algo que, lejos de sonar bien, puede ser un drama: la repesca de Lost. Sí, tal cual suena. Parece que hay rumores sobre la posible reaparición de la serie en la cadena ABC, de forma totalmente ajena a sus creadores originales y sin darse muchos más detalles. Un sacrilegio que, por muy descontentos que quedaran los fans con su manera de despedirse, es una manera casi garantizada de estropearla aún más y una inexplicable apuesta por algo que ni siquiera arrasaba en audiencia o acabó de forma dramática para sus seguidores (más allá del argumento final). De esas cosas incomprensibles que pasan a veces en los despachos.
Novedades del fin de semana
Una muy anunciada y la otra casi de puntillas, una con protagonistas de sobra conocidos y otra con actores de andar por casa, una en antena 3, otra en Telecinco, dos han sido este fin de semana las principales novedades de la parrilla que, definitivamente, no pasarán a la historia.
Usted Perdone supone el regreso de Javier Sardá a la televisión, esta vez en Antena 3, con un programa de entrevistas sin plató que ayer en su estreno tuvo como protagonista a Joan Manuel Serrat. El formato, idéntico al que ya pudimos ver en Dutifri, solo que esta vez las ciudades dejan de ser protagonistas para serlo las personas, pero esa es la única diferencia. Desde la voz en off del propio Sardá que acompaña durante parte del programa, hasta el buen equilibrio entre exteriores e interiores que dotan de ritmo a la narración, el programa es un homenaje a su protagonista, con un repaso a su historia personal y sus amigos. Ameno y correcto, aunque la audiencia no pasó del 8,8% de share, acusando el arrastre que dejaba un Buenafuente que no logra levantar la noche.
Secretos y mentiras es lo nuevo de Telecinco para la sobremesa de los sábados, un formato de realidad-ficción en el que se recrean historias basadas en hechos reales de personas que han visto sus vidas complicarse por culpa de secretos guardados o mentiras mantenidas durante años. Con actores completamente desconocidos que bien podrían salir del mismo casting que los litigantes de De buena ley, el programa es un extraño formato que no sabría definir y que la audiencia siguió de forma irregular, pasando de un 8,7% de share en su primera entrega a un 12,2% en la segunda. Se agradece que Telecinco esté buscando una oferta diferente a las clásicas películas para la sobremesa del fin de semana, aunque no tengo muy claro que este sea el camino.
Estos son los estrenos que vi, pero no fueron los únicos, pues el viernes también traía novedades, en este caso en La Sexta y Antena 3.
La primera se lanzaba al docu-reality con Baby Boom, una visión del mundo de la maternidad cuando está justo en su momento más álgido: el parto. Presentado por Gemma Nierga, las cámaras se adentran en las habitaciones y paritorios de un hospital para acercarnos ese momento casi mágico del parto y las distintas formas de afrontarlo de cada uno. No tuve ocasión de verlo, ni ganas, la verdad, por lo que no puedo opinar de su calidad como programa de televisión. Un 4,9% de la audiencia estuvo pendiente de los nuevos bebés.
Al mismo tiempo, en Antena 3 Carlos Sobera se cambiaba de concurso para presentar Avanti, una manera de renovar el entretenimiento de los viernes con un nuevo formato cuando el anterior aún no se ha quemado del todo que a mí me resulta igualmente aburrido (no soy de concursos), por lo que tampoco le dediqué el tiempo suficiente para analizarlo. La audiencia creció notablemente respecto a la de semanas anteriores, alcanzando un 14,6% de share.
Mientras las cadenas privadas estrenan sus novedades, en La 1, que sigue paralizada por la ausencia de Presidente, podemos ver promos de programas de próxima emisión, desde lo nuevo de Julia Otero, al concurso para conocer España que presentará Ramón García, un formato con olor a naftalina que parece moderno al lado del también anunciado especial Día de la madre presentado por Lolita.
Te quiero, no te quiero
Como si de una margarita deshojada se tratara, las series nos provocan a veces sentimientos encontrados. Cuando tenemos la paciencia suficiente para seguir con ellas pese a una mala sensación con el piloto o continuar hasta el final solo por costumbre, no son pocas las ocasiones que nos encontramos con sorpresas y nuestra opinión cambia.
Si tenemos un blog y hemos plasmado en el estas primeras sensaciones que nos provoca un piloto, no son pocas las ocasiones en las que la evolución de la historia nos sorprende llevándonos la contraria y haciendo que nuestra percepción cambie aunque pocas veces tengamos la oportunidad de rectificar, dejando para siempre esa opinión equivocada en la red así que, para no ser excesivamente injusta, voy a repasar algunas de las series recientes sobre las que he tenido un cambio de opinión, o no, en estos últimos tiempos.
Alcatraz: me entusiasmó el piloto. Como conté en su momento, cada vez que las secuencias se iban a negro, me entraban los nervios pensando que se acababa una historia que quería seguir viendo más y más. Sin embargo, la serie se ha ido desinflando terriblemente, las historias episódicas no me interesan lo más mínimo y el arco argumental que las sustenta pierde fuelle en cada episodio. La sigo viendo.
Person of Interest: lo mismito que con Alcatraz, empecé muy interesada en toda la historia y me encantó la puesta en escena y el carisma de los personajes. Sin embargo, no he logrado interesarme lo suficiente como para prestarle atención más allá de lo poco despierta que estoy un domingo a última hora de la noche, que es cuando suelo dedicarle un rato.
Awake: como si estuviera cortada por el mismo patrón que las anteriores, esta no logra engancharme con sus tramas episódicas, aunque en este casi sí logro seguir interesada en la historia personal del protagonista y su “realidad soñada”, una pena que no le dediquen más tiempo.
Scandal: apenas han emitido tres episodios, pero he de reconocer que la malísima imagen que me dio su piloto se ha convertido en un interés shondérrimo por la vida de sus protagonistas. No será un gran hit, pero alimenta el hambre de historias intensa y dramáticamente ñoñas.
The Big C: me encantó su primera temporada, con ese final fabuloso en el garaje, pero ahora, no puedo asegurar que logre completar la tercera temporada, salvo por el hecho de estar en la recta final de las temporadas y la sensación de ‘horror vacui’ que acompaña al mes de mayo. Cathy empieza a resultarme antipática y ya hace tiempo que es de lo más cargante.
Touch: esta ha resultado ser tal cual la sentí en el piloto. Blandita, con posibilidades inciertas y finalmente no desarrolladas como para interesarme por ella. No he pasado del tercer episodio y estoy deseando que la cancelen y le den a Kiefer otro papelón de tipo intenso y duro como merece. Imposible seguir Touch sin esperar verle soltar un par de mamporros en cualquier momento, ansiedad que al final de cada episodio queda insatisfecha y hace que, definitivamente, no funcione.
Veep, una Vicepresidenta en apuros
La verdad, si no fuera porque Canal Plus ha anunciado que empezará a emitir esta serie el próximo 20 de junio, creo que ni se me hubiera pasado por la cabeza ver Veep, por mucho que su protagonista sea la muy laureada Julia Louie-Dreyfuss y sus secundarios una interesante colección de caras más o menos conocidas de la televisión, como Anna Chlumsky, Tony Hale o Matt Walsh. Pero, dado que se ha empezado a hablar de ella por todas partes, incluidos algunos blogs españoles, parecía de obligado visionado y a ello me puse.
La primera sorpresa es encontrarme con que Veep es una comedia. Pese a que su protagonista es habitual del género, no sé por qué no pensaba que se tratara de una comedia, aunque después de ver el episodio completo, tampoco lo tengo claro. Es cierto que las tramas buscan la sonrisa, ridiculizando a los protagonistas y algunas de sus tareas diarias, pero no es una serie de carcajada y ¡gracias HBO! no hay risas enlatadas. Intento recordar si ha habido antes alguna serie norteamericana sobre la Casa Blanca en tono de comedia pero mi mala memoria no encuentra ninguna, al contrario que en la televisión británica, cuya serie The Thick of It inspira esta versión o incluso en nuestra querida televisión nacional, con aquella cosa llamada Moncloa, Dígame. (¿A que ahora a todos os parece que Veep es deliciosa?)
Para quién no esté al tanto del argumento de la serie, Veep es la historia de una Vicepresidenta de EE.UU. (de filiación desconocida) y sus responsabilidades diarias, una Vicepresidenta algo torpe, rodeada de un equipo que tampoco ayuda mucho. En el primer episodio las tareas de gobierno parecen poco importantes para una administración como la americana, pero no me cabe duda de que la alta política a veces debe enfrentarse a ciertas ridiculeces y ahí es donde parece que Veep quiere cosechar historias. Mientras busca su sitio, numerosos referentes a las clásicas conversaciones de pasillo que popularizó El Ala Oeste y que se han convertido desde entonces en sello de cualquier cosa que transcurra en la Casa Blanca.
Para quienes se lo pregunten, el nombre de la serie es un juego de palabras con las iniciales VP (Vice-President), sin mayor significado.
Tengo la mala costumbre de escribir sobre las series cuando solo he visto el primer episodio, una práctica que no es exclusiva de este blog, inevitable casi para quienes hacemos crítica televisiva o comentamos las series y que muchas veces nos conduce a dar una imagen incompleta o equivocada de aquellas producciones de las que hablamos. En ocasiones, encumbramos productos que solo son un bonito piloto y otras defenestramos a quienes, con el tiempo, logran hacer un producto de gran calidad. Es la tiranía del estreno, que a veces no logra traspasar la pantalla ni eclosionar, dejándonos sin saber muy bien qué decir, sin ser capaces de adivinar hacia donde irá la serie, si tiene mimbres de éxito o se desinflará con el final de la primavera. Con Veep pasa exactamente eso, no sabría decir hacia donde va. Las críticas han sido bastante malas en general y, sin embargo, creo atisbar un cierto potencial que solo el tiempo puede hacer brotar.
Hay una cosa que te quiero decir: eres un tostón viejuno
Ay, Alberto, qué razón tienes y qué identificada me he sentido hoy con tu post. pero no pensando en serie alguna, sino en mi intento de explicar qué y cómo es el nuevo programa de Telecinco: Hay una cosa que te quiero decir. Desgraciadamente, nada que ver con el divertido ritmo de la canción de Tequila, ni siquiera de la simpática versión de El otro lado de la cama, sino un formato calcadito a su antecesor, Hay una carta para tí, que seguro estaba entre los favoritos de tu señora de Cuenca.
Sí, sí, me he puesto epistolar esta mañana y es que, después de ver el programa de Jorge Javier Vázquez, una queda tocada, máxime si es después de la adrenalina vertida viendo el partido de Champions de Barcelona y Chelsea. Señores de televisión, no nos pueden hacer estas cosas: Piqué conmocionado de un golpe, ‘one more time’, Messi fallando un penalti, ‘one more time’, y a continuación Laura Pausini es un cocktail muy peligroso. Eso sí, agradezco a Telecinco que no haya tentado a Isabel Gemio para completar el revival, porque eso ya hubiera sido demasiado, hasta para la señora de Cuenca.
Desde que se anunció la producción del programa, nos han contado que se trataba de una versión del programa italiano C’è posta per te, que en estos momentos estaba haciendo furor en Canale 5, sin explicar claramente que ese mismo formato es el que en su día inspiró hay una carta para ti, intentando eludir la inevitable referencia a Antena 3, donde aquel se emitía. Sin embargo, desde la puesta en escena hasta los casos tratados, el programa es un auténtico calco de aquel y, en consecuencia, una nueva prueba de la regresión que está sufriendo la televisión en los últimos meses, recuperando formatos antiguos que hoy día se quedan anticuados, pero que deben resultar más económicos y una apuesta ciertamente más segura que la innovación y el riesgo. (ACTUALIZO: Me comentan que en la presentación del programa el Director de Contenidos remarcó específicamente ““como sé que me vais a preguntar, os lo digo ya: es verdad, ‘Hay una cosa que te quiero decir’ es una vuelta de tuerca, un remake del formato ‘Hay una carta para ti”).
Por si esto no fuera suficiente, vemos otra vez a Jorge Javier, cuya presencia en la cadena resulta excesiva incluso para Laura Pausini quién, invitada al programa, se sorprendía de ver nuevamente al presentador al que hace poco tuvo ocasión de conocer en su visita a Sálvame Deluxe. Flamante ganador de un muy discutido Ondas, nadie puede negar que se está ganando el pan y todas las lonchas de ibérico que su abultado sueldo pueda financiar, pero no sé si a largo plazo esta estrategia es buena o tan arriesgada como la delantero-dependencia de algunos equipos de fútbol.
El formato de Hay una cosa que te quiero decir tiene un público, su audiencia de ayer (15,8%), empatada con Antena 3, aunque no fue mayoritaria, así lo prueba y yo misma, entregada al análisis del programa, hasta acabé por estar intrigada con la resolución de uno de los casos presentados, antes de decir basta y marcharme a dormir. Pese a todo, no puedo decir que sea un programa que merezca la pena, ni que destaque por ninguno de sus costados. Es un programa blanco, anodino, que intenta traspasar el corazón sin realmente conseguirlo y que no tiene cabida en mi lista de entretenimiento, mucho menos asociado a un canal como Telecinco que, en mi particular opinión, debe seguir siendo gamberro y polémico, respetando los más elementales principios de la legalidad y cuidando alguno matices que, no siendo ilegales, rozan la falta de sensibilidad y mínima empatía social, pero fiel a su forma de ser.
Gran Reserva me reconcilia con la ficción nacional
Emocionado preestreno anoche del primer episodio de la tercera temporada de Gran Reserva en el cine Capitol de Madrid. A la espera de que TVE salga de la parálisis provocada por los políticos y la ausencia de un Presidente que tome las riendas, un buen puñado de profesionales del medio televisivo representados en la Productora Bambú, responsable de la serie, se reunió anoche en el centro de Madrid para reivindicar el estreno de uno de sus mejores productos como punta de lanza de una reivindicación mayor, la de que TVE siga invirtiendo en ficción nacional. Esta misma reivindicación la hacía Luisa Martín anoche desde el escenario, apoyando con su presencia la producción de series españolas que definió como la mejor hecha en la historia de nuestro país. Junto a ella, gran parte del elenco de Gran Reserva y Gran Hotel, productores y equipo técnico de Bambú e incluso representantes de otras productoras que quisieron dar su apoyo al evento, que aplaudieron con entusiasmo los créditos de la serie y que rieron y jalearon algunos de los diálogos más lucidos del episodio (curiosa sensación imagino para los creadores, que no están acostumbrados a vivir estos momentos en los salones de cada uno y que además, se perciben de forma claramente diferente en amplia compañía-como ya pasó hace unas semanas en el preestreno de Mad Men).
Desde mi posición como espectadora y comentadora, me consta que en mi lado somos muy críticos con lo que se produce en España, con sus series, sus protagonistas, sus referencias a la cultura de la calle, a nuestra cultura. A veces podemos ser hirientes e injustos, en muchas ocasiones puede parecer que todo lo machacamos con desprecio y, sin embargo, creo que detrás de las críticas de muchos de nosotros solo se esconde un exceso de orgullo, un deseo ferviente de ver como lo nuestro funciona, de comprobar que sabemos hacerlo y estamos a la altura, como una madre que presiona a sus hijos cuando sacan un notable porque ella querría que fueran siempre niños de sobresaliente como el de la vecina americana y sus pecosos de ojos azules.
No es el caso de Gran Reserva, que brilla entre las series nacionales con un reparto excepcional, una factura envidiable y unas tramas que nada tienen que envidiar a las de las grandes historias de sagas familiares tantas veces plasmadas en cine, literatura y televisión. Los Cortazar y los Reverte son un ejemplo clásico de cómo configurar una historia alrededor de los más ruines villanos y sus ansias de venganza y poder, enfrentados a nobles personajes sin dobleces pero llenos de inseguridades que los hacen débiles y objetivo fácil de todas las desdichas que una familia pueda soportar. A su alrededor, pobres víctimas de sus manejos en forma de secundarios, que acaban por ser desgraciados o tan villanos como sus creadores, sin la capacidad genética que les aporta haberse criado entre mentiras y egoísmos.
El arranque de la tercera temporada es como una partida de ajedrez jugada como revancha entre sus contrincantes. Todas las fichas se recolocan y se empieza de nuevo la partida, sin olvidar como se ganaron o perdieron en la jugada anterior, sin quitar ojo a las jugadas que ya reconocemos en el rival y con la tensión propia de quién no quiere perder de nuevo o quién quiere seguir siendo el vencedor. El tablero estaba revuelto y la partida ha comenzado de nuevo, solo falta un árbitro que de permiso para activar el reloj.
Medios de comunicación y políticos
Hace mucho tiempo ya que los medios se revuelven contra los partidos políticos por el hecho de hacer ruedas de prensa en las que no están permitidas las preguntas. Existe incluso un hashtag #sinpreguntasnohaycobertura que vemos con frecuencia cuando seguimos la actividad tuitera y, sin embargo, yo no he dejado de ver las declaraciones de unos y otros en televisión.
La nueva polémica en torno a este asunto atañe al envío por parte de los partidos de compactados de audio y vídeo con las declaraciones que ellos consideran más relevantes de sus líderes, ejerciendo un papel que los medios consideran propagandístico y que debe ser despreciado y afeado como reivindicación de una profesión, la periodística que, en mi opinión, pierde prestigio y consideración ciudadana al mismo ritmo que la política.
En campaña política he mos visto como la realización de las imágenes de los mítines venía dada por los partidos y así lo hacían constar la mayor parte de los informativos. Lo que no he logrado saber es si estaba prohibido el acceso de los medios, si esto realmente puede hacerse.
La única manera de luchar contra estas “injerencias” de los departamentos de comunicación de los distintos partidos en el mundo de la información es con el boicot, ese que pregona el mencionado hashtag tuitero y que pocas veces ha tenido un efecto real, al menos desde el punto de vista de los espectadores ¿por la propia insolidaridad de los periodistas? ¿Habrá siempre alguno que se quede en la sala de prensa?. Incluso si todos se levantaran y optaran por no volver hasta que las cosas cambien, tengo mis dudas sobre los efectos que provocaría.
Y es que tengo la impresión de que la televisión (como el resto de medios) no se enfrenta aquí a un caso claro de “tú me necesitas a mí tanto como yo a ti” con el que puedan realmente intimidar a los políticos que no quieran responder preguntas o a los partidos que no admitan sus cámaras en los centros de prensa. Al contrario que los artistas, los ciudadanos reivindicativos o incluso los deportistas, cuyo éxito radica en buena parte en la consecución de exposición mediática, los políticos pueden necesitarla cuando están en campaña pero, el resto del año, cuanto menos atosigados se sientan, mucho mejor para ellos, que no deberán rendir cuentas ante periodistas incisivos o situaciones de difícil respuesta. Si los periodistas les dan plantón ¿no se sentirían como si se hubieran quitado un peso de encima?.
¿Cómo luchar entonces contra esta situación? Lo de las preguntas no permitidas tiene difícil solución cuando una de las partes no está dispuesta a solucionarlo y realmente me parece la única cuestión absurda y preocupante para los periodistas, a quienes no se permite ejercer su trabajo en toda su extensión. La segunda, la del envío de materiales directamente de la fuente, no la veo tan problemática: si no hay preguntas, no hay situaciones complicadas, si no se dan estas situaciones, las declaraciones recogidas por las cámaras de partido serán las mismas que las que pueda recoger un cámara de una cadena y luego, siempre está la capacidad del redactor para elaborar un buen guión que pueda solventar los posible agujeros informativos. Al fin y al cabo ¿no es eso lo que hacen en todas las tertulias políticas, donde los colaboradores hacen interpretaciones diversas de aquello que los políticos dicen o hacen en función de sus más subjetivas y, en ocasiones, delirantes convicciones personales? En prensa tampoco hay imágenes y no por ello la calidad de sus informaciones es menor, luego el hecho de emitir o no un determinado vídeo no es un condicionante a la hora de ser veraces y estos pueden obviarse o editarse ‘ad-hoc’ para ilustrar la información.
Existe aún otra derivada a este problema de comunicación entre políticos y periodistas: suponiendo que se ejerciera el recurso al pataleo y un merecido vacío a quienes solo utilizan la prensa para contar lo que les conviene ¿cual sería el papel de las televisiones públicas? Si su función es claramente la pública ¿debería prevalecer el derecho de los periodistas a dar la información como ellos consideran que la del ciudadano a saber qué han dicho sus gobernantes en sus propias palabras? Difícil equilibrio, la verdad, no querría yo tener que estar en la circunstancia de tomar una decisión.
En cualquier caso y nos pongamos como nos pongamos, creo que la prensa tiene aquí muchas más opciones que los políticos, creo que son los terceros quienes tienen ganada la batalla por la información, incluso en los tiempos de internet en que los partidos pueden sacar sus propias publicaciones sin necesidad de recurrir a nadie. Centrar la polémica en si las imágenes las hace uno o se las dan hechas me parece un detalle más de forma que de fondo de la cuestión, especialmente cuando eres el dueño “del altavoz y de la pantalla”.
Corren malos tiempos para la política y para el periodismo, corren malos tiempos para todos.
Toni Garrido en la nube y el equipo técnico en la parra
Ayer me senté de nuevo en el sofá a ver La 2 y ese programa presuntamente revolucionario llamado La Nube que pareciera, a la vista de algunos comentarios, que ha venido a dar a internet el sitio que le corresponde en televisión, como si ese no lo tuviera ganado ya desde la aparición del P2P y la adopción de la doble pantalla en los espectadores (o incluso Cámara Abierta 2.0, gran ejemplo de cómo acercar el sector al público de forma seria e informada).
Ya me había estrenado en el programa la pasada semana, con su exitoso arranque, plasmado en un razonable 2,2% de share, casi medio millón de espectadores y numerosos comentarios en twitter que lograron algún Trending Topic, ese baremo tan cotizado por las televisiones hoy día, máxime si se trata de un programa que analiza esta relación y logra así completar el círculo virtuoso de televisión y redes sociales. Ese día, supe que a La Nube le quedaba mucho rodaje, que detrás de un bonito y colorido plató se escondía un traje mal cosido, con los botones a punto de desprenderse y las puntadas sin rematar, algo que en su segunda emisión terminé de contrastar y que deja en mal lugar a un equipo solvente y experimentado al que no logro adivinar qué le falta, pero me atrevería a decir que algo tan sencillo como tiempo/rodaje/ensayos.
Es una pena que un programa de estas características falle por lo más sencillo, la parte técnica, la puesta en escena, la posición de los elementos escenográficos y su relación con presentador y colaboradores que lleva a situaciones desagradables como estos dos planos en los que los protagonistas del programa son literalmente un pegote al que dar la espalda. Una situación que puede solventarse fácilmente sentando a ambos invitados en el mismo lado, no dejando al presentador que se de la vuelta del todo hacia ellos o, sencillamente, no abriendo el plano tanto como para que se vea al que ya no pinta nada.

Puede parecer una tontería pero a mí, como espectadora, me incomoda, tanto como que los vídeos entren sin audio, que se note que los guiones no están suficientemente ensayados (ayer habría venido bien un poquito de html en el monólogo de inicio <Ironic mode on>) o que le pregunten a un blogger cual es la entrada más visitada de su blog. Eso, o que vendan como un gran avance la emisión en streaming del programa o el hecho de hablar por primera vez con un espectador que en su casa está viendo el programa en una conexión por skype. Supongo que se refiere a que es la primera vez que lo hace TVE, porque este tipo de cosas hace tiempo que se ponen en práctica en otras televisiones, incluida la española, que incorporaba algo similar en el programa ¿de Buenfuente? ¿de Sardá? ¿o era El Hormiguero? No recuerdo bien, pero esto ya lo hemos visto hace tiempo y ya no es revolucionario.
El presentador es otra de las cosas que no termina de encajarme. Soy fan total de Toni Garrido, bueno, soy fan de su voz, que me parece lo más alucinante de la radio del momento, aunque yo nunca le habría dado un programa de tarde, sino uno nocturno solo para poder soñar con ella. Pero en televisión no lo veo, es más, tuve la ocasión de verle en directo en EBE en 2008 dando una charla y la sensación que me produjo fue la misma, de cierta bisoñez, impropia de alguien con sus tablas y experiencia. Quizá esa voz maravillosa que le acompaña ofrezca una imagen de su persona que no casa con su lenguaje corporal, con su aspecto añiñado, con su seguridad frente a la cámara o ausencia de ella. Si además presenta un programa de estas características y nos dice que en su casa no tiene internet, es como los famosos sabios del comité que “no tenían televisión, pero sabían de que iba el rollo”.
Podría seguir así toda la mañana, pero solo diré una cosa más: si de verdad quieres hacer un programa serio sobre Internet, no puedes dedicar más tiempo a entrevistar a Maruja Torres que a Alvy.
La regresión de la televisión y sus formatos
Esta mañana me he despertado con la noticia de hay una productora intentando vender a las televisiones españolas un “nuevo” formato televisivo basado en el conocido ¿Qué apostamos? y no he podido pensar en otra palabra que no sea REGRESION.
Una década después de que 24 revolucionara la forma narrativa de la ficción, de que Perdidos explotara el buzz de las redes sociales al máximo, de que los realities dados por muertos hayan demostrado seguir en plena forma a pesar de la fragmentación televisiva ¿cómo es posible que se produzcan estos retrocesos? ¿de verdad está todo inventado ya y solo nos queda reinventar el pasado? ¿es una cuestión económica derivada de la falta de presupuesto y la aversión al riesgo? ¿o es una corriente cíclica que hace que ahora toquen programas blanditos y familiares?
De todas las respuestas posibles, me inclino por las dos últimas, las que apuntan a que la crisis trae consigo una vuelta a formatos clásicos que en su momento fueron grandes éxitos de audiencia, con la confianza de revivir este atractivo en una franja de población que aún recuerda el original, como quién vende rosquillas con la fórmula de antaño. Ahora que las familias podrían estar regresando al salón para disfrutar del entretenimiento juntos porque su bolsillo no da para salir a cenar, al cine o a tomar unas copas, se imponen unos formatos más blancos, unos que nos hagan creer que todo va a cambiar, que todo estará bien y que lo importante es ser felices y querernos mucho los unos a los otros. A mí que me perdonen, pero el concepto suena tan aburrido como el recuerdo que tengo de este tipo de programas.
En el panorama audiovisual español creo que hemos vivido un pico de intensidad dramática rematado con la renuncia de Antena 3 a seguir luchando por la audiencia con programas del corazón como ¿Dónde estás corazón? y la polémica aún no cerrada del todo de La Noria. La suma de estas dos cosas ha derivado en un panorama televisivo bastante distinto en el que unos han transformado su parrilla primando la buena imagen frente a la conquista del share por encima de todo, mientras que los otros siguen fieles a su público, reivindicando su derecho a emitir contenidos algo más estridentes aunque con una evidente rebaja del tono general plasmada en campañas solidarias de todo tipo.
Mientras tanto y con sus problemas económicos y directivos, TVE apuesta por meter series en un cajón y recuperar películas clásicas y a Ramón García.
Girls y Missing: mujeres protagonistas en series antagonistas
En estos días he visto dos series nuevas de las que no se ha hablado mucho últimamente, dos series que, aún siendo completamente diferentes en todos los aspectos, me han provocado sensaciones muy parecidas, aunque con un resultado final antagónico y contrario a la aparente calidad de los productos.
De una parte está la nueva serie de HBO, Girls, avalada por el siempre solvente sello de la cadena que no solo despierta interés en los espectadores, sino que además acelera las ventas internacionales, como en el caso de Canal +, que ya ha anunciado su compra y pronta emisión en España. Girls es una serie sin un argumento de relumbrón, tan solo el seguimiento de la vida de un grupo de veinteañeras y sus problemas para independizarse, encontrar un trabajo, una relación satisfactoria, en definitiva, su lugar en la vida.
Por momentos, el tono de la serie recuerda a Mad Men, no sabría decir si por esa tranquilidad con la que ocurre todo, si por el costumbrismo que destila o por la desinhibición de algunos de sus personajes a la hora de mantener relaciones sexuales o consumir excitantes (dado que no se puede fumar, habrá que animarse con algo), pero a lo largo de los casi tres cuartos de hora que dura el piloto no vemos, al menos yo, ningún personaje que destaque por su simpatía, su capacidad de sorprender o siquiera su belleza, todos son grises, monótonos, todos son tan sumamente normales, que, aun pudiendo reconocer a algunos de nuestros amigos en ellos, aún reconociéndonos a nosotros mismos en alguna época de nuestras vidas, es difícil encontrar un motivo para seguirla porque todo transcurre lento y sin emoción. Hasta la ambientación no acompaña, con una tonalidad marronácea en todas sus escenas que recuerda a una serie de época más que a un actual retrato de la juventud.
Puede que estos aparentes defectos lleguen a ser la clave del éxito de una serie como Girls. Puede que sea esa identificación con la más cotidiana de las realidades la que haga que los espectadores quieran invertir casi una hora de su vida en esta serie, en estas chicas, en sus desvelos de adolescentes con años de más, por el momento, yo prefiero esperar, ya me contaréis si merece la pena.
En otro mundo, completamente ajeno al de las series tranquilas de HBO, hace ya unas cuantas semanas que ABC estrenaba Missing, una mid-season protagonizada por Ashley Judd en el papel de una madre amantísima que, tras años de criar en solitario a su hijo tras un atentado que acabó con la vida de su marido (el de ella), ve como la tragedia azota de nuevo sus vidas con el secuestro del retoño, estudiante universitario en Roma (sí, se atreven a hablar en italiano en el piloto y no me preguntéis qué tal).
Si recuerdas una película protagonizada por la propia Ashley, de título Doble Traición, esta serie te resultará familiar. Las tramas nada tienen que ver con aquella, pues en este caso descubrimos que la protagonista ha sido agente de la CIA y no una sencilla ama de casa, pero algo tiene su manera de afrontar la búsqueda del hijo en un caso y del marido en el otro que resultan tremendamente parecidas. Si estás buscando una serie de acción inverosímil, de esas en las que todo es imposible, por lógica elemental, por tiempo, por recursos, por la implacable ley de la gravedad incluso, Missing puede entretenerte. Si buscas una serie de espías con bellos exteriores en algunas de las más conocidas ciudades europeas, también puede que le hagas un hueco y, si viste Undercovers, encuentres algunas similitudes, no necesariamente buenas.
Pese a todo, Missing entretiene. Es una de esas series que puedes tener puestas sin prestar demasiada atención, levantando la vista de lo que estés haciendo cada vez que la música se acelera para despotricar contra quienes quieren hacerte creer que un agente de la CIA inactivo desde hace más de una década conserva intactas todas sus cualidades y alguna más y volverla a bajar mientras su protagonista hace, literalmente, el mono en un edificio de oficinas. No esperar nada de una serie así es la mejor manera de asegurarte un rato de entretenimiento banal y prescindible. Ni se te ocurra pedirle más.
Por cierto, un secretillo: he visto el segundo episodio de Scandal y quiero ver el tercero ¿es grave doctor?
Buenas noches, Buenafuente y la fidelidad a uno mismo
El Prime-Time es la guerra, así nos lo quieren transmitir en este arranque dominical del nuevo programa de Andreu Buenafuente y para ello recrean el desembarco de Normandía, con apariciones estelares de David Meca, Georgie Dan o Karlos Arguiñano, junto con algunas de las caras más conocidas de las cadenas del grupo Antena 3. Una pena que no se atrevieran a incluir alguna referencia a la competencia real de la franja, alguna doble de Aída, de Jesús Calleja, no sé, pero bueno, los incluyeron luego en el monólogo de Andreu, que rápidamente nos trasladó al pasado, pues es un calco del monólogo y el escenario de todos los programas de Andreu, secreto de su éxito y posible causa de su fracaso también. Lo malo de ser tan fiel a uno mismo es que aquellos espectadores que nunca han seguido el programa porque no es lo que buscaban, en apenas unos segundos sabrán que esta vez sigue sin ser un programa para ellos, salvo que la única razón por la que no acudieran a la cita diaria con Buenafuente fuera su horario de emisión.
En esta fidelidad a lo que siempre ha sido el programa de Buenafuente, el monólogo fue una simpática sucesión de chistes sobre lo más relevante de la actualidad que, en este caso, no podía ser otra que los accidentes reales, que tanto han dado qué hablar, en un ejercicio de normalidad que se agradece, más aún cuando lees que hace bien poco esto no era tan normal y podía costarte el trabajo. He de reconocer que, desde siempre, lo que más gracia me ha hecho de los monólogos de Buenafuente han sido sus silencios y sus gestos y en este caso, no ha sido una excepción.
Sí lo es la ausencia de la clásica mesa de los late-night, quizá innecesaria a estas horas en las que la taza de café no se vuelve imprescindible para mantenerse despierto. En su lugar, una buena colección de sofás que relajan la conversación y aumentan la capacidad de recibir a invitados colectivos, puesta a prueba con la presencia de tres de los más mediáticos cocineros de España. Quizá uno de los principales méritos de un personaje como Buenafuente sea su capacidad para llevar gente interesante a plató, algo nada sencillo en un tiempo en el que los famosos no encuentran demasiados programas en los que promocionarse, pero tampoco se esfuerzan demasiado por hacerlo, debido muchas veces a compromisos de marca, a rivalidades entre cadenas y productoras y otras razones absurdas por el estilo. Solo unos pocos logran que estos famosos vayan al “Programa de” al margen de la cadena en que se muestre y este puede ser uno de esos casos, aunque no olvidemos que el propio presentador se ha quejado varias veces de este tipo de problemas con algunos personajes.
Como pasa en muchas ocasiones con este tipo de programas de televisión que pretenden ser distendidos y donde los presentadores e invitados se conocen bien, a veces parece que ellos son los únicos que se están divirtiendo, que están de domingo en el salón y no consiguen que su buen rollo traspase la pantalla, ayer ocurría con los cocineros. No solo eso, si de algo peca Buenas noches y Buenafuente es quizá de falta de ritmo, una característica más propia de un programa nocturno que de uno de prime-time, como bien señalan con tino Borja Terán en su blog y Jose Díaz en Vaya Tele.
Ese es el principal defecto que le he visto yo. Otros han viso un defecto mucho mayor: el plagio. Y no, no se refieren al plagio de sí mismos y el programa que lleva más de una década (o dos) haciendo por distintas televisiones, sino a algunos de los chistes del guión que, según se comenta, estarían sacados de twitter, sin la correspondiente atribución a sus legítimos creadores. Como ya ocurrió con la famosa historia de los #tróspidos y su “apropiación indebida” por parte de Cuatro, no fueron pocos los espectadores del programa que anoche reconocieron en los gags chistes que anteriormente habían visto en distintas cuentas de twitter. La crítica, una vez más, no es al uso de estos chistes, sino a la falta de información respecto de su autoría. Aunque el caso es, en cierto modo, diferente al de aquellos #tróspidos, el fondo de la cuestión sigue siendo complicado y hasta tramposo porque ¿quién es el autor de un chiste? ¿tiene derechos de autor una gracieta que pueden pensar varias personas al mismo tiempo en distintos lugares? Todos hemos vivido la experiencia de escuchar el mismo chiste a diferentes personas y eso no significa que el autor sea la primera persona que nos lo contó, especialmente cuando se trata de cosas relacionadas con la actualidad, que despierta el ingenio de los seres humanos. E incluso, suponiendo que los guionistas quisieran atribuir los chistes a aquellas cuentas de twitter donde los han visto ¿cómo se integra esto en una conversación que pretende mostrarse fluida y natural? A mí se me antoja complicado, solo se me ocurre la aparición de las cuentas de usuario correspondientes sobreimpresionadas en pantalla pero ¿cuantos saldrían en ese caso a decir que esas cuentas no son las auténticas creadoras del chiste porque ellos lo vieron primero en otro sitio? ¿debe decirse que han sido extraídos de Twitter simplemente? ¿es acaso la red social la dueña de todo lo que decimos en ella? Difícil, muy difícil papeleta, que solo puede resolverse con la naturalidad que proporciona dejar escrito algo en una pintada callejera para lectura y experiencia colectiva.
Dejando polémicas aparte, no queda mucho más qué decir: si te gustaba Buenafuente en cualquiera de sus programas anteriores, te gustará su nueva oferta y además te podrás acostar a una hora razonable. Si nunca le diste una oportunidad porque tenías que madrugar, esta vez te lo han puesto fácil y, si nunca te entretuvo, no pierdas el tiempo porque nada ha cambiado. Sea una buena o una mala cosa, Andreu es tal y como siempre ha sido.
Más documentales, una buena noticia, un buen síntoma
Llevamos toda la vida escuchando los resultados de esas encuestas cualitativas sorprendentes sobre las preferencias televisivas de la población española, esas en las que los documentales de La 2 siempre salían victoriosos frente a las evidencias estadísticas cuantitativas, que daban unos tristes resultados al canal y ese tipo de programación.
Pese a todo, la necesaria variedad que el espectador exige a la televisión de pago ha hecho que este tipo de canales de documentales 24 horas existan y sean muy reconocidos, con ejemplos como National Geographic, Discovery u Odisea, entre otros. Sus audiencias nunca los han situado entre los más vistos pero, ya se sabe que en cuestión de temáticos de pago, la cantidad no siempre es lo más importante, pues la rentabilidad no depende de ello, algo reservado a las televisiones en abierto.
Y aquí es donde el círculo se cierra y surge la intriga ¿cómo es que ahora empiezan a proliferar las cadenas TDT que emiten documentales a lo largo y ancho de su parrilla? Quizá el verbo proliferar no sea el más preciso pero, dadas las circunstancias y atendiendo a las estadísticas, a mí dos ya me parecen muchos y, junto con la pública, ya suman tres ¿cómo es posible? ¿quién se equivoca?
Si los canales temáticos en abierto están sufriendo serios problemas de rentabilidad, si alquilan sus frecuencias a terceros porque no pueden encontrar contenidos que interesen lo suficiente para dar balances positivos con el entretenimiento y la ficción, si siempre se nos ha dicho que los documentales son para minorías y su aceptación solo una excusa para quedar bien ¿a qué viene buscar la audiencia y el dinero ahora en este tipo de programación?
No quisiera echar las campanas al vuelo prematuramente pero ¿a ver si va a resultar que el espectador español no es tan cazurro como siempre nos han hecho creer y realmente sí hay negocio en la divulgación? Sería una excelente noticia. Por ahora, demos la bienvenida a XPL, lo nuevo de La Sexta para las mentes más despiertas.
Luna: el misterio de Calenda
Aviso de spoilers: en mi opinión, esta entrada no tiene spoilers, pero basta que una sola persona me regañe por considerar que sí los tiene para que rectifique y os avise por si las moscas
Ayer Antena 3 dio un paso más en su racha de estrenos exitosos, aunque algunos de ellos hayan resultados después de discreta evolución. En este caso, se trataba de una nueva producción de Globomedia cuyas particularidades pueden ser buenas o malas, según el espectador, sus expectativas al enfrentarse a un producto de este tipo y sus gustos particulares.
La historia
Muy complicado hacerme partícipe de ella, que no soy fan del género fantástico, de los hombres lobo, de la saga Crepúsculo, ni de nada que se le parezca. Habrá quién piense que esto no es un problema cuando la serie está bien hecha, pero para mí lo es. Si partimos de la base de que, de entrada, estos argumentos son algo pueriles y muy de fé, muchos de los defectos que podríamos encontrarle a la historia dejan de serlo.
Belen Rueda
Para algunos: tremendamente sobreactuada. Para otros: una actriz como la copa de un pino. Para mí: demasiado parecida a sus últimos papeles, encorsetada en un dramatismo que creo no le hace justicia a la vis cómica de mujer inocente y traviesa que tiene y que no por cumplir años deberían obviar aquellos que la contratan.
Fran Perea
Sin evolución desde su papel de Marcos en Los Serrano. Si te gustaba entonces, te seguirá gustando ahora. Si te parecía un pánfilo, pues eso.
El resto del casting
Habituales de Globomedia y nuevas caras jóvenes con cierto gancho para la audiencia adolescente. Interpretaciones correctas en su mayoría.
Ambientación y puesta en escena
Excelentes. Muy de agradecer los exteriores frecuentes, da aire a todo el episodio en todos los sentidos.
El termómetro de twitter
Hasta cinco Trending Topics llegué a contar durante la emisión del episodio, signo inequívoco de la expectación generada. Siguiendo cualquiera de ellos se veía una actitud general bastante positiva. Por estudiar, el hecho de que una serie de Antena 3 lograra convertir en TT el título de otra serie, en este caso de la competencia y ya fuera de parrilla: Punta Escarlata.
Las inevitables comparaciones
Surgieron de todo tipo, desde las previas con Twin Peaks, que muy probablemente venían dadas por la promo en la que el cartel de entrada al pueblo de Calenda era un calco de aquel otro que daba la bienvenida a los investigadores de la muerte de Laura Palmer, hasta las menciones a Crepúsculo por el tema de los hombres-lobo, a El Internado por las celdas ocultas o al ya mencionado Punta Escarlata por el misterio y la abundancia de planos nocturnos en exteriores.
Lo mejor
La escena final que, pese a empezar con un tópico tan grande como el del vaso cayendo y no tener diálogo, logra emocionar con el abrazo desgarrador de una madre que tiene que comunicar a su hija la muerte del padre. Los créditos finales con la intercalación de imágenes del siguiente episodio también son un acierto, que por otra parte sortean la mala costumbre de las cadenas de no emitir esta pequeña muestra de reconocimiento a quienes hacer el trabajo menos reconocido de la televisión.
Lo peor
Que va de hombres lobo, que son un pestiño.
Otras opiniones: Asesino en serie (El Mundo) Belén y los lobos (#lunatróspida), Borja Terám (La Información) Luna se estrena con éxito pero sin mostrar ningún hombre lobo, Natalia Marcos (El País) Luna llena en Calenda, Jose Diaz (Vaya Tele) Luna el misterio de Calenda, mucho por aullar